Roberto Rosario Vidal: Quiero rescatar la minería para la literatura peruana

Tomado del diario Perú.21 

Sobre minería se habla de riqueza, de contaminación, de sindicatos. Roberto Rosario Vidal trabaja como comunicador en empresas mineras hace más de 10 años y es autor de Lámpara de minero, libro que reúne leyendas de mineras y, ahora, publica Volcán de viento, sobre el trabajo en ellas.

“A los cuatro años, mis padres me llevaron a vivir al Callejón de Huaylas. Esa vivencia me llevó a escribir un libro llamado Raspadilla de limón, sobre un niño de la costa que descubre la cordillera, los animales, las plantas, la alegría del Callejón de Huaylas. Durante mucho tiempo estuve vinculado con la literatura infantil. Otro libro que publiqué fue Trotamundos. Y el año pasado publiqué Los sudakas, cuentos basados en una experiencia en Europa, en los 80″, cuenta Roberto Rosario Vidal.

Por el título, parece que fue una experiencia no muy afortunada.

Yo conocí a varios peruanos y latinoamericanos, y escuchar sus vivencias me llevó a escribir ese libro, que es casi una grabación de la realidad. Después publiqué Lámpara de minero, un compendio de poemas, cuentos y leyendas de Chanchamayo. Son cuentos que me contaron mineros y sus hijos.

¿Cómo empezó a recopilarlos?

Cuando empecé a trabajar en minas, sacaba una revista y, en la última página, ponía un cuento o una leyenda. Y cuando iba a las escuelas, me encontré que usaban la revista de la mina como texto literario. Así que los reuní.

Cuénteme algunas.

En la mina hay un personaje, el muki -o muqui-. Se dice que es el guardián de las minas. Los mineros, para extraer el mineral, tienen que pagarle. En algunos casos lo hacen con hojas de coca y con licor de caña -que le ponen al taladro-. Otras veces, el duende es más exigente y reclama tres vidas al año. Por eso, a veces, cuando hay un accidente, la gente dice que la mina se está cobrando. Al segundo, también. Pero el tercero lo celebran porque la gente ya sabe que puede trabajar tranquila.

Vaya.
Hay historias de mineros a los que se les apaga la lámpara. Cuando eso sucede, uno debe quedarse quieto y esperar a que alguien pase para irse con él. Si uno camina sin ver, se expone a caerse en piques muy profundos, donde nunca lo van a encontrar. Pero el mayor miedo es a encontrarse al muki, que puede estar enojado -y pide cuentas- o juguetón -les bota el casco-. Pero, a veces, les dice dónde hallar el mineral.

Hay historias divertidas también.

Hay una llamada Ojo de pato. Así le decían a un minero que le decía al ingeniero “yo soy muy hogareño; cuando fui a trabajar a una mina en Puno, la María me quería un montón. Después de tres años, tenía dos hijitos lindos. Pero me llevaron a otra mina en Cerro de Pasco. Ahí, la Carmen me quería un montón. Es que yo soy muy querendón, ingeniero. Muy hogareño. En San Vicente, Anita era mi adoración; ella y mis tres hijos. Luego me mandaron a La Libertad, qué linda Alejandrina”. “¿Hogareño? -le dice el ingeniero-. Mire, porque están sus hijos le digo nomás que es un ojo de pato”. ¿Un qué?
“Un hijo de p…”.

La minería es una actividad polémica. Hoy es poco común aproximarse a ella desde la literatura.

Indudablemente. Hace 20 o 30 años, las minas contaminaban mucho el medio ambiente, dejaban relaves, ensuciaban los ríos. Pero en los últimos 10 años se han establecido leyes que exigen a las empresas formales proteger el medio y asumir el pasivo del pasado, lo que se llama remediación medioambiental. La minería se ha humanizado. Pero riesgosa siempre va a ser, sobre todo en la minería subterránea.

De eso habla su novela, Volcán de viento, de un accidente.

Soy un convencido de que la minería es la industria que más ingresos aporta al país, pero la mayoría de peruanos no está enterada de qué ocurre en las minas. Están viviendo con la información del pasado; por ejemplo, los testimonios de César Vallejo en Tungsteno, de Julián Huanay en Retoño, escritas hace unos 75 años, con el de Manuel Scorza, de hace 30 años, y el de José María Arguedas. Ese tipo de explotación ha desaparecido hace por lo menos 15 años. Pero hay minas informales en donde los mineros se arriesgan a explotar la mina por su propia cuenta y donde sí se exponen a los riesgos de entonces.

¿Qué pretende con Volcan.?

Es la fotografía del proceso social que se desarrolla en las minas en estos tiempos. Enfocamos el trabajo del empresario, de los profesionales y de los empleados y obreros de las minas, con sus miserias y sus sueños e ideales. Hay aspectos en los que el personaje del trabajador reclama más diálogo, y otros en los que el profesional reconoce que aún no estamos bien encaminados. Es una posición centrada con la que quiero desarrollar conciencia literaria sobre este sector.

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